Nunca en la historia de una pandemia había circulado tanta información, con tal inmediatez y alcance. Este proceso usual y, podríamos decir, casi natural en tiempos del internet, así como en el auge de las redes sociales, nos ha permitido monitorear el avance del coronavirus y advertir estrategias sanitarias. Pero, tantas voces llamando la atención de manera simultánea, parecen haber exacerbado lo síntomas de la enfermedad.

El exceso de información, la amplia circulación de imágenes, el auge de las opiniones, que buscan erigirse cual profetas, como pilares del conocimiento, y la politización de los más pequeños ámbitos de la vida humana, están generado una salvaje pugna por “la verdad” y arrastran los perores síntomas de la pandemia: La confrontación y la violencia.

Los reportes con números ascendentes de infectados, las personas desplomándose en las calles de China, los cadáveres en llamas de Ecuador, los casos de neumonía atípica en México, todos estos datos encontrados en nuestro muro de Facebook, en el inicio de Twitter y en los portales de noticias, crean un miedo sistemático en la población que no solo ha contribuido a recluirnos dentro de nuestras casas y terminar con las reservas de cubrebocas. Lamentablemente, el terror ha encontrado otros caminos.

Es ahí donde se invoca la violencia. La discriminación que sufrieron los asiáticos radicados en Francia, quienes se defendieron bajo el lema “No soy un virus”, apenas fue el comienzo. Ahora, en diversos estados del país las enfermeras son agredidas en la vía pública y se les expulsa de sus comunidades. También, se mira con desprecio a los infectados y se condena, en nombre de una hipócrita moralidad, a quienes aún se ven obligados a salir de sus domicilios.

La reciente confrontación en el IMSS San José fue la última manifestación de ese terror. La bien justificada petición de equipos de protección personal culminó en el pánico ante la posibilidad de contagio. Habría que ver si en un futuro, de no proporcionarse insumos, los mismos trabajadores de la salud se negarán a atender a sus pacientes.

Mientras, civiles, gobernadores y funcionarios se atacan entre sí, dudando insistentemente de las cifras y las estrategias, con el mismo carácter con el que se clama la declaración de la “Fase 3” de la epidemia en México, tal vez, esperando ser testigos de miles de contagios y muertes, solo para comprobar que un tuitero, un funcionario, un gobernador o un presidente mienten, según sea el caso.

¿Cuáles voces debemos escuchar? Quizá no hay una respuesta. Vilém Flusser (Writings, 2004) recalca que “los medios de masa, debido a su estructura, transmiten solo ideología, pero usualmente enmascaran este mensaje como conocimiento”. A esto hace eco la afirmación de Gigi Durham y Douglas Kellner sobre que “no hay textos inocentes” (Media and Cultural Studies, 2001), es decir, cada punto de vista, transmisión de radio, todo medio y cualquier comunicado, están ya cargados de significados, valores y objetivos determinados, todos tratando de erigirse como “la verdad” y la última fuente de conocimiento.

A estas alturas, cuando está en juego el bienestar social y las muertes de cientos de personas figuran en las primeras planas, una de nuestras más efectivas opciones parece ser conducirnos con responsabilidad, empezando por los tuits y llegando a las notas informativas ante las audiencias, los enfermos y para aquellas vidas. Afortunadamente, a través de nuestros smartphones y computadoras, tenemos la capacidad de generar un diálogo entre esas voces, para discernir cuáles nos afectan menos y dañan en menor medida a quienes se encuentran afectados por la pandemia.