Llegó la hora. Es el momento de renovar la fiesta de toros o dejar que se la cargue el apóstol Judas. No podemos regresar a la “normalidad”, porque la normalidad de antes de la pandemia era muy mediocre y estaba en crisis. Con los seriales taurinos suspendidos, la sociedad se está acostumbrando a que no haya ese rito de sangre por demás anacrónico, que se llama corrida. Los espectadores ocasionales se han dado cuenta de que se puede vivir sin toros y sólo los grandes aficionados echan de menos los clarines que ponen el sol más brillante e inauguran la tarde.

Como pasa siempre que sube la tensión, los involucrados hacen declaraciones. Por ejemplo, leo en la página electrónica del periódico “El Mundo”, la afirmación de Simón Casas: “Si ciertas vedettes no revisan su modelo económico, será necesario olvidarse de programarlas”. El empresario de Las Ventas sabe que el modelo financiero de la tauromaquia debe ser rediseñado o no habrá quien pueda montar un espectáculo taurino. Tal vez, a muchos les disguste que a sus ídolos los llame vedetes, a mí no. Vedete según el diccionario de la RAE es aquella persona que destaca o quiere hacerse notar en un ámbito. Además, pienso que hay matadores que con sus actitudes y posturas dañan a la fiesta y para el que esto escribe, las mejores corridas de la Feria de San Isidro son las que anuncian toreros que no entran en el rango más alto del escalafón, pero que son muy buenos. Para empezar, los vedetes no se acercan a los encierros de las ganaderías verdaderamente bravas y por lo tanto, esgrimen argumentos más cercanos a la farándula, que a la verdad del toreo. Sin embargo, el fondo medular de la declaración simonesca es el del verbo “revisar”. Sí, es cierto, toda la circunstancia que envuelve a la tauromaquia debe ser revisada.

Por otra parte, en el diario “El País” aparece una entrevista en la que El Juli declara: “El mundo del toro se ha mantenido por sí solo durante toda su historia, pero habrá que reinventarse”. La declaración apela a un cambio, volverse a inventar implica ser otro. El diestro continúa: “Tengo mucha fe en que el sector sepa evolucionar y adaptarse a la sociedad actual”. La palabra inteligencia viene del latín “intus legere”, es decir, leer entre líneas, o sea, que si avispamos, nos daremos cuenta junto con Julián López que es imprescindible una transformación. En estos tiempos, la gente no quiere ver sangre o sólo quiere verla en el cine y en las series de televisión.

Reinventar el toreo para la sociedad contemporánea implica el que se elimine el aspecto sangriento, me refiero al toro, porque las personas de hoy se indignan ante las heridas de un animal, pero festejan el que un torero salga del ruedo herido o muerto. En ese aspecto, Pamplona marca la pauta, nadie se opone a que los toros corran por la mañana, porque no van a ser lastimados y los seres humanos que salgan lesionados, pues mire usted, lo mismo da.

En la corrida pospandemia habrá que modificar muchas cosas. Empezando con que los toros vayan en puntas, tengan más de cuatro años de edad y den miedo en vez de conmiseración; con eso, siendo ecuánimes, eliminamos el noventa por ciento de las corridas mexicanas. Luego, la divisa tendría que ser pegada con un adhesivo y no encajada con un arpón. También, sería necesario modificar la suerte de varas en la que el picador se defienda con una puya sin punta ni filos; al fin y al cabo, son los mismos toreros los que aseguran que resta más poder el que el toro empuje al caballo, que el puyazo que provoca la hemorragia. A poner las banderillas con adhesivos y de la hora de la muerte, será necesario cambiar el reglamento, tal vez, tres oportunidades con la espada, tres con el descabello y si el animal no dobla, que sea devuelto al corral. Lo de dejar al toro vivo es una farsa, porque, aun en las corridas incruentas, lo matan en las corraletas una vez que ha dejado el ruedo. Un ejemplar de lidia que ha sido toreado se convierte en una granada sin espoleta, así que no es posible devolverlo al campo y además, ¿para qué?. Estará mejor en la carnicería hecho filetes. Sobre lo del descabello, hay un comentario en el periódico “ABC”, versión electrónica, en el que el gran apoderado Enrique Martín Arranz comenta: “Hay que adelantarse a los tiempos, a mí no me gusta ver diez descabellos tras una estocada”. Creo que ni a él ni a nadie le gusta ver a un matador incompetente dejando al toro hecho picadillo.

La corrida de toros después del Covid-19, no volverá a ser lo mismo. Aunque no nos convenza, es mejor reinventarla como dicen los tres personajes citados y no verla desaparecer. Tengo muchas preguntas que esperan respuestas, sin embargo, temo que el toreo se acabe para siempre debido a que no sea adaptado a los tiempos que vienen, pero sobre todo, me asusta que este alto no nos haya servido para nada y que tan estultos y despreocupados, regresemos a la misma vida en crisis que teníamos antes y además, sin toros.