El jueves pasado en la mañanera estatal, se le preguntó al gobernador, Miguel Barbosa Huerta, sobre la inflación, su galopante incremento y si existía un plan para auxiliar a las familias poblanas más necesitadas.

“La inflación (...) calculada de 7 por ciento (…) somos el tercer estado que menos inflación tiene (…) la reactivación económica tendrá que provocar un equilibrio entre los precios (...) y todo lo que implica”.

El porcentaje aludido por Barbosa Huerta, 7.046 por ciento, es la inflación quincenal interanual nacional que mide el INEGI mediante el Índice Nacional de Precios, y a su publicación un día anterior a dicha conferencia.

Del tercer lugar hay de dos.

Que se estuviera citando el dato de octubre y su crecimiento mensual, donde Puebla tuvo el tercer menor incremento de un mes a otro, que no inflación anual.

O que le estuvieran tapando el primer dígito, y es que Puebla está en lugar 13 de la inflación en cuestión.

En el número pertinente tenemos inflación idéntica al promedio nacional, 7.04 por ciento, y lejos del tercer lugar, Ciudad de México; 6 por ciento. Ni Quintana Roo con 4.7, o Zacatecas con 9.2; a la mitad.

El problema no radica en que el ejecutivo estatal no tenga desagregado un indicador económico quincenal, por el contrario, que tenga registrado un dato publicado un día antes habla de una persona permanentemente informada.

Pero es la obligación de su gabinete y círculo cercano hacerle saber inmediatamente de la verdadera gravedad de los problemas del estado para tomar las acciones pertinentes, y medir lo que la reactivación podrá o no hacer.

Aunque renueven el mercado de El Alto frente a sus oficinas, el gobernador no tiene capacidad de sentir el golpeteo en los bolsillos en cada mandado como un hogar promedio lo resiente o el INEGI lo registra.

Esta espiral encarecedora ha empeorado en los últimos veinte días y las predicciones del propio Banxico dan visos de tormenta hasta el tercer trimestre del año siguiente.

La inflación anual nacional puede ser de siete, número más alto en dos décadas, pero para los pobres de este país se acerca a un alegórico IVA.

Energéticos escalaron 15 por ciento, escoltados, solo dos y tres por ciento detrás, por frutas y verduras y productos animales, respectivamente.

Salsas y guisos verdes estarán ausentes por la indomesticable inflación, ¡40 por ciento el tomate verde en una quincena! Y quedará enchilado, pero ni le va a picar; los chiles frescos se encarecieron un quinto en dos semanas. A privarnos de la pipicha un semestre.

Lo anterior son los ejemplos más pronunciados de la escalada de precios que, sumados a energéticos, están estrangulando a las clases marginadas.

Con la mitad del país en la pobreza, que sea 45 por ciento es fariseísmo aritmético, el funesto impacto se magnifica por la proporción que le destinan a subsistir. El resto de productos y servicios del mercado estaban fuera de su alcance de facto, ahora cubrir la canasta básica es inalcanzable.

Puebla, que en dos años se derrumbó al tercer lugar nacional de pobreza, tendrá a seis de cada diez de sus habitantes con preocupaciones, en diversos grados, para poner alimento en la mesa familiar.

Esta grotesca paradoja alimentaria en el mayor momento de bonanza alimenticia de la humanidad debe incitar a la reflexión; lamentablemente mucho dolor innecesario se sumará a la funesta realidad nacional con este IVA del mercado a los más pobres.

TFG †

La columna de opinión busca hacer de sucesos públicos el foco y jamás al autor. Me atrevo en esta ocasión para despedirme de la vida física de mi bisabuela Guillermina.

Mujer que vivió con pasión en un Atlixco y Puebla suyo, educó desde el aula, y amó desde el hogar a seis generaciones de familiares.

Cosechó café en las sierras, sembró árboles en las faldas de los volcanes y plantó amor perene en el corazón de quienes la conocieron durante 98 dichosísimos años. El gusto de haber convivido y aprendido de ella fue un amoroso privilegio. Te espero en el altar de muertos con panes dulces y tequila, abuelita; descansa en paz. El amor en vida se demuestra.