Heredar la nacionalidad gracias a los progenitores permite una identidad que se transfiere de generación en generación, el derecho de sangre. No obstante, la sangre, en su definición biológica y no jurídica, es más bien un espectacular negocio o un acto de altruismo.

La sangre humana se genera en la médula ósea, ese tejido esponjoso que todos tenemos en el interior de nuestros huesos largos. La naturaleza ha dispuesto que generemos sangre -hematopoyesis, pasando del latín del título a griego– en espacios oscuros para evitar mutaciones por luz ultravioleta.

México, que este año fue designado como país anfitrión del Día Mundial del Donante de Sangre (14 de junio) por la OMS, tiene penado, por ley, monetizar la donación sanguínea. El 462 de la Ley General de Salud establece penas entre 6 a 17 años de prisión, además de cuantiosas multas, a quien lucre con la sangre.

En nuestro vecino del norte, uno de los poquísimos países que acepta pago por la donación de sangre, el mercado está tasado en 3.5 mil millones de dólares. Tan solo la sangre norteamericana conforma un galopante dos por ciento de todas las exportaciones de dicho país.

Uno de los principales desencadenadores es que no existe substituto para la sangre humana. De sus componentes: glóbulos rojos, blancos, plaquetas y plasma –que recordará de la primaria–, el plasma es un insumo industrial básico para cientos de tratamientos médicos. Este líquido amarillento, que conforma poco más de la mitad del volumen de la sangre, es vital por su capacidad de transporte de nutrientes, hormonas y proteínas.

En Estados Unidos hay cuatro gigantes recolectores de sangre, ninguno americano: CSL Plasma, canadiense; Grifols, española; BioLife, japonesa; y OctaPharma, sueca; esto vuelve a Estados Unidos en proveedor de un fenomenal 70 por ciento de todo el plasma sanguíneo del mundo.

¿La ciudad de mayor venta de sangre de la Unión Americana? El Paso, Texas, gracias a las olas de migrantes que cruzan la frontera para vender aproximadamente medio litro de sangre por transacción. Al mes se pueden obtener hasta 700 dólares, alrededor de 14 mil devaluados del águila, casi cuatro veces el salario mínimo mensual en México.

México tiene un solo competidor, Genbio, la empresa más grande en Latinoamérica de sangre, que ha trazado un ambicioso plan con la Cruz Roja nacional. La parte roja va para cirugías y transfusiones con la Cruz Roja, mientras que el plasma se queda con Genbio para producir derivados. De no ser usado por la empresa se tiraría a la basura, o, mejor dicho, se incineraría para cumplir con la normativa, lo que arrastra enormes costos. Como país importamos más de cinco mil millones de pesos al año en dichos productos.

Permítame contradecirme, no existe substituto para la sangre humanatodavía, pero la sangre sintética se aproxima velozmente a nuestras vidas, aunque con las complicaciones propias de replicar las diferentes partes de ella.

Por ejemplo, los glóbulos rojos tan solo en un mililitro de sangre se cuentan hasta por cinco millones de células. Una unidad de sangre -las bolsas que habrá visto– son de 250 mililitros de puros glóbulos rojos. Las técnicas actuales, basadas en células madres, permiten generar hasta 50 mil glóbulos rojos por cada célula madre.

Este avance se logró gracias al descubrimiento del procedimiento para reconvertir células maduras en madres, hito de la ciencia que ameritó el Nobel de medicina en 2012 a los investigadores Gurdon y Yamanaka.

Aunque la ciencia ya está aquí, falta tiempo para refinar procesos para disminuir los costos y lograr una producción industrial de sangre sintética. Llévese algunas de las controversias, ¿deberá México transformar su legislación para poder pagar por las donaciones, o es pasto para abusos? ¿O deberemos invertir en aquellas tecnologías que harán superflua la donación de sangre en algunos años? Sea la respuesta que sea deese una vuelta para donar, México es el último lugar en donaciones de sangre en toda Latinoamérica.